Yo, Claudio

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Laura Asín

Claudio Abbado fue un extraordinario director de orquesta, nadie se atrevería a cuestionar esta afirmación. Buscando un parangón, a partir de una famosa serie televisiva de los años ochenta, diríamos que Abbado fue un auténtico emperador musical. Sin embargo, si su dimensión como músico es enorme, no se queda atrás su talla humana. Le gustaba sentirse próximo a la gente más cercana a él y relacionarse con los músicos con los que trabajaba. A lo largo de toda su carrera profesional dio muestras de su compromiso social a través de iniciativas tales como la de dar conciertos en fábricas o llevar a cabo proyectos como la fundación de la Joven Orquesta Gustav Mahler para dar oportunidades a los estudiantes de música con talento.

Uno de los grandes logros en su carrera fue convertirse en director titular de la Filarmónica de Berlín, sustituyendo al legendario Herbert von Karajan tras la caída del muro. Allí permaneció cerca de diez años, hasta que la enfermedad que acabaría llevándoselo de este mundo dio sus primeras señales. Aunque redujo sus actuaciones al mínimo, el cáncer no le impidió mantenerse fiel a la música para poder cumplir sus compromisos ocasionales con la formación berlinesa o con la Orquesta del Festival de Lucerna. Con estos últimos realizó una de sus últimas actuaciones en otoño de 2010, interpretando la Novena Sinfonía de Mahler.

Otra agrupación orquestal muy querida por él fue la Orquesta Mozart de Bolonia. Esta ciudad del norte de Italia, cercana a loa Apeninos, era en la que vivía y fue la que le vió morir. Los componentes de la orquesta boloñesa le acompañaron durante los últimos meses, haciéndole un poquito más feliz el día a día.

En cada concierto, en cada actuación, mostraba su pasión por hacer música. A pesar de su enfermedad y de sus 80 años, sus gestos y sus expresiones faciales denotaban cuánto disfrutaba con lo que hacía. Cualquiera podía apreciar que estaba absolutamente compenetrado con sus músicos.

El fallecimiento de el maestro italiano, el pasado 20 de enero, produjo una profunda conmoción en el mundo musical. Colegas suyos, como Daniel Barenboim o Simon Rattle, no dudaron en testimoniar públicamente la gran admiración que sentían por Abbado, resaltando su amabilidad y generosidad, y haciendo hincapié en la resurrección musical que experimentó tras superar los momentos iniciales de la enfermedad, los más duros.

Al igual que Barenboim o Simon Rattle, el trompetista y director Martín Baeza coincide en señalar en que se pierde a uno de los grandes músicos de los últimos 50 años. Este español, nacido en Almansa (Albacete), que actualmente ejerce como trompeta solista de la Deutsche Oper Berlin nos relata emotivamente la experiencia vivida junto a Abbado en un concierto en Japón, después del primer diagnóstico de la enfermedad y de la consiguiente operación que le practicaron. Claudio Abbado había tenido que ingresar en un hospital, interrumpiendo los ensayos programados. Llegado el momento del concierto, no quiso que otro director lo sustituyera. Salió del hospital sin el alta médica, bajo su responsabilidad. Ese día, todos (músicos, público, incluso él mismo) tenían sentimientos entremezclados, lo que hizo que se entregaran en cuerpo y alma.

Reproducimos a continuación, de manera literal, las sentidas palabras de Martin Baeza:

“Es absolutamente imposible describir con palabras todas las emociones vividas ese día. Desde la primera nota hasta que terminó la ópera nos encontramos todos en una dimensión en la que nunca habíamos estado jamás. Al finalizar, Claudio quiso que en la escenografía se fueran apagando las luces hasta quedar en la más absoluta oscuridad, para que ayudara mejor a generar el silencio -puesto que el silencio también es música- después de la obra. Pues bien, el silencio que se produjo aquel día, fue absolutamente sobrecogedor. Nos elevó el alma a un estado desconocido, en parte metafísico, no humano. Fue espectacular, increíble. Fue el silencio más largo que jamás haya vivido, nadie respiraba, fue tan largo que cuando todo el público, a oscuras, rompió a aplaudir a la vez, fue tan increíble, que al encenderse de nuevo las luces, toda la orquesta estaba llorando, los cantantes en el escenario, los miembros del coro, el público, todo el mundo lloraba.”

Nosotros también lloramos su pérdida, aunque reconforta saber que siempre nos quedará su música.

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