Debussy, el misterio del sonido

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Claude Debussy

Alberto Miquel y Adrián Rescalvo

El 26 de marzo de 1918, a las 10.50 h., un conciso telegrama viajaba desde París rumbo a Guéthary, una pequeña localidad costera vecina de San Juan de Luz: “Claude est mort. Emma Debussy”. Así reza en el artículo de Luís Gago publicado en El País, con el título de Debussy, la música sin etiquetas, un texto al que haremos constante referencia en nuestros siguientes comentarios.

El destinatario era el escritor Paul-Jean Toulet, un gran amigo de la familia. La muerte se había producido un día antes, tras una larga y terrible agonía del compositor, que padecía desde hacía años un indomeñable cáncer de recto. Las muestras de condolencia empezaron a llegar sin cesar al domicilio familiar por parte de compositores de talla mundial como Ígor Stravinski o Manuel de Falla y la bailarina rusa Ida Rubinstein.

Nacido en 1862, Debussy ingresó a los diez años en el Conservatorio de París. Un día, mientras tocaba una sucesión de acordes poco ortodoxa, su profesor le preguntó: «¿Qué regla sigues?» «Mi placer», respondió el joven discípulo. Debussy proclama algo sencillo y a la vez complejo, es decir: en la música, el oído está por encima de los manuales de composición.

En sus inicios muestra un amor por la música de Wagner que más tarde olvidará por la necesidad y el deseo de encontrar su propio camino como compositor.

El Preludio a la siesta de un fauno marca un punto de inflexión. La flexibilidad de su construcción, la peculiar consistencia de las texturas orquestales y un cierto tono de ambigüedad envuelve la pieza. Comentaba Saint-Saëns con perplejidad al escuchar la obra: «Debussy no ha creado un estilo, sino que ha cultivado una ausencia de estilo, de lógica y de sentido común». Parte de la labor de este compositor consistía en sacar la música de un formalismo percibido como construcción artificial. Había que devolver la música a su hábitat natural: el aire libre. «La música -escribía Debussy- es una matemática invisible cuyos elementos participan de lo infinito. Ella es responsable del movimiento de las aguas, del juego de curvas que describen las brisas cambiantes. Nada es más musical que una puesta de sol». El Preludio a la siesta de un fauno revela también la estrecha conexión de Debussy con el ambiente cultural de su época, sobre todo literario y pictórico.

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Otra partitura clave en la trayectoria del músico es su ópera Pelléas et Mélisande, estrenada en 1902. El tumulto que se levantó en la sala y las polémicas que siguieron a su estreno dieron origen al «caso Debussy». Los oyentes estaban divididos: ¿genio o embustero? «Si eso es música, será que nunca he entendido lo que es la música», habría comentado el compositor Gabriel Fauré. Pelléas et Mélisande es una anti-ópera. Las voces se mueven en un espacio deliberadamente gris. No hay melodías ni tampoco relieves o contrastes. Pero, una vez más, la esencia de la obra está en los recovecos, en los matices, en esos círculos concéntricos e impalpables que dibuja la música alrededor de los protagonistas.

La luz y los colores son conceptos clave en la creación musical de Debussy, pero no debe ser encasillado bajo el adjetivo “impresionista”, simplificador y deformador, amén de que él rechazó siempre cualquier etiqueta o abanderar cualquier escuela. En una carta a Jacques Durand, en relación con sus Images, admitía estar intentando “hacer otra cosa y crear, de alguna manera, realidades, eso que los imbéciles llaman impresionismo, un término empleado horriblemente mal, sobre todo por los críticos de arte, que no dudan en endilgárselo a Turner, el más hermoso creador de misterio en todo el arte”.

La música de Debussy trata el misterio de los sonidos, de su esencia ambigua, borrosa y elusiva, imposible de encajar en contornos definidos y definitivos. Para ello, el compositor sorteó las leyes de la tonalidad y experimentó con todo tipo de armonías no convencionales.

Los últimos años de vida del compositor fueron un calvario. El estallido de la Primera Guerra Mundial supuso un brusco parón para la actividad cultural. La falta de encargos agravó sus problemas económicos. En 2001, se descubrió una pequeña pieza para piano, Les Soirs illluminées par l’ardeur du charbon, que escribió en el invierno de 1917 como pago a su proveedor de carbón en lugar de dinero. Su último gran proyecto era un ciclo de seis sonatas en donde recuperaba una suerte de clasicismo teñido de tonos crepusculares que mostraban una genialidad tímbrica como sólo podía concebirla uno de los más grandes compositores del siglo XX.

Muchos grandes músicos del s. XX se han rendido a los postulados estéticos del autor de La mer. Por citar solo algunos testimonios, aparte de los ya citados: a Pierre Boulez le fascinaba Debussy, «la calidad formal de esta música que evoluciona continuamente, sin dar marcha atrás».  Daniel Barenboim, en un acto de homenaje, ha grabado recientemente un CD titulado Debussy que recoge algunas de las mejores obras para piano del genio francés. 

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